26 de enero de 2018

Los efectos milagrosos de dosis extremadamente altas de la vitamina D3.

Jeff T. Bowles
En las páginas siguientes presentaré una nueva teoría, sencilla y elegante, que explica por qué una terapia con altas dosis de vitamina D3 puede prevenir o curar todas las epidemias y problemas de salud que padece la humanidad desde los años 80, es decir, desde el momento en que los médicos por primera vez aconsejaron no exponerse al sol y utilizar siempre protectores solares. Esta es, precisamente, la causa de muchas enfermedades comunes a las que nos enfrentamos hoy en día: adiposidad (obesidad), autismo, asma y muchas otras.
La historia de la vitamina D3
A continuación, me gustaría dedicar algunos párrafos a la historia de la vitamina D3; quizá despierte su interés y desee saber más sobre ella.
Es probable que la humanidad ya conociera la existencia de la vitamina D en la antigüedad. Sin embargo, no fue hasta 1650 cuando se describió por primera vez a nivel científico un caso de déficit de vitamina D; por aquel entonces, esta enfermedad se denominaba raquitismo. Y hasta 1920 no se descubrieron las propiedades de la vitamina D3. Un científico estaba experimentando con perros que habían pasado toda su vida en espacios cerrados y no veían nunca el sol. Descubrió que los animales no desarrollaban raquitismo cuando se les alimentaba con un poco de aceite de hígado de bacalao. Además, constató que el raquitismo también se curaba si se exponía a los perros a la luz solar. Más adelante se averiguó que la sustancia activa presente en el aceite de hígado de bacalao era, precisamente, la vitamina D3.
¿Qué es el raquitismo? Se trata de una enfermedad de los huesos muy extendida en el siglo XIX y principios del XX entre los habitantes de las ciudades europeas y norteamericanas. En aquella época, la mayor parte de la población trabajaba en fábricas, es decir, en espacios cerrados, y no recibía suficiente luz solar. Los niños afectados de raquitismo presentaban problemas de crecimiento, piernas arqueadas y huesos blandos y débiles; en las mujeres, causaba una deformación de la pelvis tan pronunciada que solo podían dar a luz mediante cesárea. Cuando los adultos enfermaban de raquitismo, este doloroso reblandecimiento de los huesos se denominaba osteomalacia (que significa, precisamente, «huesos blandos» o «débiles»).
El aceite de hígado de bacalao contenía un componente desconocido que, aparentemente, curaba este trastorno deficitario, y la correspondiente sustancia activa recibió el nombre de «vitamina D», ya que poco antes se habían descubierto las vitaminas A, B y C. No fueron conscientes del hecho de que no se trataba en absoluto de una vitamina, sino más bien de un importante esteroide (o secoesteroide), que, por lo visto, la mayoría de los seres vivos necesita para conservar la salud. La vitamina D3 no solo está contenida en el aceite de hígado de bacalao; nuestro cuerpo puede fabricarla si nos sentamos al sol y dejamos que la luz solar incida sobre nuestra piel desprotegida.
Acción de Vitamina D3
La luz solar aviva una forma inactiva de la vitamina –muy parecida a D3 y compuesta de colesterina– y la transforma en una hormona funcional (previamente hay una serie de pasos intermedios en el hígado y en los riñones, pero en este contexto podemos olvidarnos de ellos). Las vitaminas D2 y D1 son formas menos efectivas de la hormona y pueden obtenerse de las plantas a través de la alimentación; por ejemplo, comiendo hongos que han sido expuestos a radiación ultravioleta. En general, D1 y D2 se consideran versiones sintéticas, más débiles y menos valiosas de la hormona animal D3. (Por cierto, muchas hormonas se forman a partir de la colesterina, por lo que se las denomina hormonas esteroideas o esteroides; es el caso de D3, la testosterona, el estrógeno, la DHEA, la progesterona y el cortisol. A nivel estructural, son todas muy parecidas entre sí; las diferencias son mínimas).
En los soleados meses de verano, la piel humana produce, por regla general, mucha más vitamina D3 que en los oscuros meses invernales. Actualmente, la alimentación es la fuente principal de D3 para muchas personas, aunque antaño obtenían la mayor parte de la D3 necesaria mediante la luz solar.
El déficit de vitamina D3 está relacionado con un gran número de enfermedades y trastornos médicos. Centrémonos por ahora en la obesidad, la depresión, la artritis y la propensión a resfriarse.
El razonamiento es sencillo: en primavera y en verano, el cuerpo humano se expone con más frecuencia e intensidad a la radiación solar, por lo que su nivel de vitamina D3 es alto y está en continuo aumento. Como consecuencia de la evolución, el cuerpo sabe que en esta época hay comida abundante, que los días son largos y que todo está bien. D3, la hormona del sol, comunica al cuerpo que puede quemar tranquilamente una gran cantidad de energía y emprender diferentes actividades, ya que hay suficientes alimentos y fuentes de vitaminas disponibles. Por tanto, D3 nos proporciona muchísima energía, eleva el nivel de actividad, reduce la sensación de hambre y nos mantiene sanos (sobre esto hablaré en detalle más adelante).
Cuando llega el invierno en el hemisferio norte, la producción de la hormona del sol D3 disminuye drásticamente en las personas que viven en las latitudes septentrionales. Gracias a la evolución, el cuerpo sabe que se encuentra ante una posible escasez de alimentos, lo que antaño ocurría con frecuencia en invierno. (Sobre el tema de la escasez de alimentos en invierno me viene a la memoria la Expedición Donner. En el invierno de 1846/47, este grupo de colonos se vio sorprendido por una tormenta de nieve en las montañas de la Sierra Nevada norteamericana y quedó atrapado durante meses. Para sobrevivir, los colonos recurrieron al canibalismo. Solo se salvaron 48 de los 87 miembros iniciales).
Si usted fuera un oso que habita en el norte, un nivel bajo y decreciente de D3 le indicaría a su cuerpo que debe prepararse para la hibernación. En los osos negros norteamericanos, por ejemplo, el nivel de vitamina D3 en verano es de 23 nmol/l (o 10 ng/ml), y durante la hibernación desciende a 8 nmol/l (3 ng/ml). La disminución de D3 se compensa a través de un fuerte aumento de una forma inactiva de la vitamina D; en el caso del oso, mediante la pseudovitamina D2. El oso se prepara para la hibernación comiendo todo lo que puede a fin de ganar el máximo peso posible y poder sobrevivir al invierno. En el caso de las osas, el aumento de peso entre el nivel mínimo del verano y el nivel de la hibernación llega, a menudo, al 70 %. Hay muchos mamíferos que hibernan, como los mapaches, las mofetas, las marmotas canadienses, las ardillas listadas, los hámsteres, los erizos y los murciélagos. La mayoría de los reptiles y los anfibios pasan el invierno en la llamada brumación (un estado parecido exteriormente a la hibernación, pero metabólicamente diferente), mientras que los cocodrilos y los caimanes son capaces de sobrevivir en la estación oscura sin alimentarse durante meses. Aparentemente, la hibernación es una reacción desarrollada de tanto en tanto por todos los animales o por sus antepasados evolutivos. Por consiguiente, es muy probable que nosotros, los seres humanos, también tengamos un mecanismo de hibernación ancestral –parcialmente reprimido– grabado en nuestro ADN.
Por lo tanto, surge la cuestión de si los seres humanos, al igual que muchos otros mamíferos, reaccionamos con un mecanismo de hibernación cuando nuestro nivel de D3 disminuye (porque nuestra piel no recibe suficiente luz solar). En la estación fría, nos suelen apetecer más los hidratos de carbono, ganamos peso y, a continuación, nos deprimimos, de modo que bajamos nuestro ritmo vital y no derrochamos tanta energía valiosa. ¿Es posible que la evolución nos ralentice haciendo enfermar a nuestro cuerpo de un resfriado (que normalmente es inofensivo y contra el que solemos ser inmunes en verano)? En invierno, puede tenernos en cama hasta una semana, de modo que ahorramos más energía todavía. ¿Quizá intenta la evolución ralentizarnos aún más a través de los dolores causados por la artritis, que nos llevan a quedarnos en casa y a no consumir las reservas, posiblemente escasas, de energía? Creo que estas preguntas pueden contestarse con un rotundo sí. (Una explicación alternativa a la idea de que la evolución nos ralentiza mediante dolores y molestias es que la evolución no nos repara completamente durante la hibernación, sino solo hasta el punto de poder salir del paso. De esta manera, el cuerpo puede ahorrar una serie de recursos críticos que necesitará para afrontar posibles crisis futuras. Imagine que su cuerpo sabe que se encuentra ante tres meses de escasez y usted se fractura un brazo. ¿Realmente va el cuerpo a consumir todas las reservas de calcio para reparar totalmente su brazo, o simplemente va a reconstruir el mínimo necesario para que funcione? ¿Y qué pasa si se fractura el brazo por segunda o tercera vez durante los meses de hambruna? ¿Dispondría su cuerpo de suficiente calcio almacenado para reparar estas fracturas si ya ha consumido todo la primera vez?
El «síndrome de hibernación humano»
A partir de todos los hechos mencionados, podemos extraer una conclusión: si la cantidad de vitamina D3 recibida no es suficiente, la evolución cuenta con la llegada próxima de una escasez de recursos que durará todo el invierno, e intenta desencadenar una fase de hibernación que perdura hasta la primavera y el regreso del sol veraniego. Y si, una vez pasado el invierno, el cuerpo no se expone de nuevo al sol, pronto padecerá una forma crónica del fenómeno de déficit que he denominado «síndrome de hibernación humano».
El «síndrome de reparación incompleta»
Teniendo esto en cuenta, podemos enunciar una teoría que explica las numerosas enfermedades y dolencias causadas por un nivel bajo de vitamina D3: el «síndrome de reparación incompleta». Este concepto (creado por mí) se basa en el hecho de que la evolución ha ajustado nuestro cuerpo para que maneje cicateramente sus reservas y las emplee de modo ahorrativo a la hora de curar lesiones, es decir, para llevar a cabo únicamente los «trabajos de mantenimiento» imprescindibles. En consecuencia, los procesos de reparación quedan incompletos y el mantenimiento solo llega hasta el punto de permitirnos salir del paso. El cuerpo permanece en este modo de funcionamiento hasta que recibe nuevamente la señal de la hormona del sol, que le comunica que a partir de ese momento va a haber abundantes recursos disponibles. Entonces puede deshacer las reparaciones incompletas y los trabajos de mantenimiento ahorrativos para llevarlos a cabo de nuevo de manera correcta, minuciosa y completa con todos los medios necesarios.
Este es, básicamente, el gran secreto. Si usted –como la mayoría de las personas– tiene un nivel crónicamente bajo de vitamina D3, durante todo el año, o quizá durante toda su vida, con el tiempo padecerá depresión, obesidad y enfermedades. Su cuerpo irá mostrando más y más lesiones que nunca se curaron del todo, y sufrirá problemas de mantenimiento que nunca se subsanan completamente. Desde 1980, cuando los médicos nos recomendaron por vez primera evitar el sol y utilizar cremas solares con un alto factor de protección, una proporción cada vez mayor de la población estadounidense padece adiposidad. También están aumentando otros problemas de salud, como el autismo, el asma e incluso las peligrosas alergias a los cacahuetes.
Es una breve exposición de mi teoría que sienta las bases de libro Altas dosis. Vitamina D3 (la hormona del sol).


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