Son incontables los frutos de aquel que cultiva una conducta virtuosa. La mente se torna apacible y clara, uno deja generar nuevas contaminaciones, se vuelve un recipiente limpio y propicio para el desarrollo de la sabiduría. Apacigua los estados emocionales, se vuelve moderado en sus acciones, se vuelve menos reactivo. Cultiva respeto y confianza en las personas, se vuelve un ejemplo de virtud para otros seres. Cuando necesita ayuda la ayuda le es ofrecida, cuando otros necesitan ayuda van a él en busca de consejos y opiniones.
A tal persona los conflictos no llegan a enredarlo, se vuelve
alguien honrado y alejado de problemas.
Alguien que se compromete en la práctica de la virtud, integra los cinco preceptos como parte del mismo aire que respira: se abstiene de dañar y matar a otros seres, se abstiene de un lenguaje falso y se abstiene de tomar lo que no le es dado, se abstiene de relaciones sexuales incorrectas y de consumir intoxicantes y estimulantes.
Estos cinco preceptos se convierten en protectores para la mente,
no dejan que las contaminaciones proliferen y lo conduce a uno hacia una mejor
concentración y un dominio más profundo de su propia mente.

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