Las abejas no cesaban de perseguirlo intentando, al parecer, picarle los ojos. El enjambre volaba alrededor de sus párpados que, durante el ataque, él mantenía firmemente cerrados. «¡Estoy enfermo, mis ojos secretan una substancia que las atrae!», se dijo y fue a ver a un viejo oculista.
«¿Entonces, las abejas no quieren enterrarme su aguijón?». «No, muchacho. Solo quieren beber el néctar de tus lágrimas». «¿Hay un remedio para esto?». «¡Cesa de creerte enfermo! ¡Ve a perfumar el mundo con tu mirada!».

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