El joven marinero había sido ascendido a capitán del barco: era su primera travesía al mando de la enorme nave y se sentía entusiasmado de haber conseguido su sueño de la infancia. Sin embargo, en lo más profundo de su corazón había un terrible miedo. A pesar de su larga experiencia en muchos barcos, temía no ser suficientemente bueno, además llevar la responsabilidad de un gran barco y todos sus tripulantes era un gran peso. una parte de él soñaba con regresar a ser sólo un marinero a las órdenes de un capitán que respondía por los aciertos y errores.
Desde el primer
día algo comenzó a estar mal. A los ojos del joven capitán, todos los marinos
cometían errores que parecían de principiante. Los regañaba iniciando su discurso
con las frases «Lo hago por su bien» o «Me importan tanto que por eso se los
digo» y no mentía, realmente le importaban y lo hacía por su bien. Sin embargo,
algo no funcionaba.
A mitad del
recorrido en pleno océano, media tripulación estaba decidida a desertar y la
otra mitad no hacía caso de sus órdenes. Era un caos, habían estado a punto de naufragar
en una tormenta, y varios de ellos de matarse en una pelea. Desesperado, el joven
capitán se encerró en su camarote decidido a hacer algo.
Mirándose al
espejo enfrentó sus temores y se dio cuenta de que lo que estaba «mal» en el
barco era su miedo a no ser suficiente, no escucharse a sí mismo, no reconocer
que la tripulación de ese barco —para bien o para mal— tenía años de experiencia;
que sin importar lo que él hiciera, si querían desertar, lo harían al llegar al
próximo puerto. Pensando eso, respiró profundo y los llamó a cubierta. lamento
haber pensado que yo era mejor que ustedes. Reconozco que cada uno es un
experto marino con muchas horas de navegación. Si estamos en este bote es
porque tanto ustedes como yo elegimos estar en él. Confío en ustedes porque
confío en mí y en mi experiencia. Si alguien se quiere ir, está bien, sólo les
pido que hagamos lo que nos corresponde para llegar al puerto sanos y salvos,
haciéndonos responsables por la parte que nos toca, sabiendo que, mientras
estemos en el mar, todos dependemos del trabajo de todos.
Dicho esto, el capitán confió en su capacidad y responsabilidad, así como la capacidad de los marinos. El bote llegó al puerto y ningún marino desertó de la nave.

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