La joven pastora cuidaba de su rebaño todos los días. Nada la hacía más feliz que levantarse por la mañana, saludar a las ovejas, acariciar a las pequeñas recién nacidas, tomar su bastón y salir al campo. Disfrutaba de cada momento del día, el sol, el pasto verde, incluso los insectos que volaban entre las flores.
Cierta tarde estaba
sentada mirando el atardecer cuando apareció un lobo. La pastora sabía que los
lobos comían ovejas así que se quedó congelada sin saber qué hacer, su corazón
le decía que usara el silbato para llamar los cazadores, pero su razón estaba
fascinada con el color del pelaje y el azul profundo de los ojos del lobo.
El lobo se acercó
lentamente a ella, movió la cola y se echó a su lado. La pastora sorprendida
pensó ¡quizá este lobo sea diferente, quizá no quiere comerse las ovejas! En
lugar de utilizar el silbato para pedir ayuda se quedó sentada mirando y
fantaseando con llegar al pueblo acompañada del lobo.
¡Qué sorpresa se van a llevar todos cuando llegue con este hermoso animal a mi lado!
Sabrán que lo domé y que un lobo no es tan malo, que
puede cambiar. quizá tenga que hacerle un espacio en mi casa, aunque es pequeña
para un animal tan grande; puedo pedir ayuda para ampliarla y conseguirle
alimento. Tal vez ya no quiera comer carne y le pueda dar verduras. qué
maravilla ir por ahí acompañada de un lobo que me obedece, que me quiere, me
escucha y me entiende.
Estaba tan sumida en sus fantasías que no tuvo tiempo de
hacer sonar el silbato cuando el lobo, inesperadamente y de un solo salto, cayó
sobre una oveja y se la llevó.
La pastora regresó triste a la aldea, en los días
siguientes su ánimo fue empeorando, ya no quería sacar a sus ovejas a pastar.
Dejó de mirar lo verde del pasto y odiaba el sonido de los insectos.
Todo el día se lo pasaba pensando en lo malo que eran los
lobos y lo tonta que ella había sido al confiar en uno. una noche su abuela fue
a visitarla, preocupada le preguntó qué le sucedía, pero ella no quería hablar
de lo sucedido, se sentía apenada. La abuela la tomó entre sus brazos y le
dijo: «a mí también me pasó y agradecí que me pasara porque nunca más volví a
olvidar que no hay culpables: los lobos son lobos y hacen lo que los lobos hacen.
Lo importante es que yo soy yo. una pastora no puede cambiar su esencia y su
pasión por una fantasía. Desde entonces nunca he dejado de amar lo que hago y
hacerlo por mí y para mí. No espero nada de los lobos, espero de mí. Me cuido de
mí, me atiendo a mí. los lobos me hicieron fuerte, me enseñaron a respetar mi naturaleza».

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