“- Amigo sabio, ¿sentías momentos de tristeza y desánimo antes de alcanzar la iluminación?
– Sí, a menudo.
– Y ahora, después de alcanzar la iluminación, ¿sigues viviendo momentos de
tristeza y desánimo?
– Sí, también, pero ahora no me importan.” (Tradición Budista)
A menudo, se tiene una idea equivocada de lo que
significa crecer interiormente e iluminar nuestra vida de paz.
No se trata de transformarse en un vegetal indiferente
a la lágrima y a la risa, sino en un Testigo Consciente de las contradicciones
que vivimos y de la gran diversidad de tendencias que experimenta nuestra
persona.
El Espíritu no niega al cuerpo, ni a las emociones, ni
a la mente, sino que las incluye.
Cuando desarrollamos la conciencia de espectador desde
la que observar la propia mente y sus vericuetos, nos convertimos en testigos
de lo que sucede, sea del signo que sea. El dolor y las consiguientes presiones
que nuestro psicocuerpo experimenta en las curvas de la vida, lejos de ser
resistidas y por tanto creadoras de sufrimiento, son aceptados desde ese
espacio silencioso y lúcido en el que es la conciencia expandida.
A partir de este desarrollo, aquello que anteriormente
resultaba doloroso deja de ser una dura carga. Sucede que la vida ha sido
abrazada con su plena diversidad y el mundo sigue desplegando sus fríos
inviernos y sus primaveras soleadas. Uno entonces observa todo aquello que le
pasa al cuerpo y a la mente como vehículos de la gran travesía.
Ya no se trata de pretender eliminar las tormentas de
la vida, sino más bien de saber navegar durante las mismas, observando los
miedos y ajustando las velas. En la visión global, todo lo que sucede tiene
sentido y no se le opone resistencia. En realidad, uno se ha dado cuenta de que
no puede cambiar el mundo. Las cosas simplemente ocurren. Lo que todavía nos
importa y perturba sigue dando lecciones que señalan nuestra necesidad de
desafección y de visión expandida.
Autor: Pedro Martín Fuente: lawebdepedromartin.com.ar

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